Por Elisa Caballero

Cuando pienso en el 8M me es imposible no hacerlo desde el sentimiento visceral, ya que para mí, como para muchas otras mujeres, es una fecha que nos mueve pensamientos y sentires y nos pone en estado de alerta emocional, porque, si bien las miles de formas y muestras de protesta nos encienden el alma y nos regeneran la fuerza que necesitamos para seguir luchando, el resto del tiempo también nos agota, entristece y aplasta el corazón, al tener que recordar tantas historias de violencia, de mujeres y niñas que nos faltan; es tanta la rabia con la que vivimos al sobrevivir en un país machista. 

Es un sentimiento agridulce, ya que, por un lado,  nos enorgullecemos de tanto que hemos logrado, pero por otro, nos recuerda que falta un gran camino por recorrer y, peor aún, que cada vez es potencialmente más violento. 

Viñeta de @contaminantes.anonimus con foto de María Ruíz
IG: @maria__rz

Es complejo, porque en este día explota todo lo que llevamos dentro, se vierten todos estos sentipensares que vivimos día a día dentro de este sistema misógino y se visibiliza tanto el amor como el rechazo por nuestra lucha. Se polariza todo, y esto no es sorprendente cuando a nivel gubernamental tenemos un discurso hipócrita, que se “pone” la bandera de nuestros movimientos mientras que, al mismo tiempo, gasta más recursos en proteger monumentos y agresores que a las mujeres que protestan, desplegando granaderxs y policías que gasean, golpean y abusan a todas aquellas que sólo están tratando de hacer valer nuestros derechos. 

Vivimos el claro ejemplo del Estado opresor siendo el macho violador, al solapar abusadores e intentar sembrarnos miedo; y eso rompe, quema por dentro, porque aun cuando este último año fue diferente y nuestra forma de vivir cambió completamente, las violencias, los abusos, la depredación, la explotación, el dolor y las pérdidas, siguieron, se exponenciaron, dejando a muchas en espacios inseguros, con heridas que incluso tardarán  toda una vida en sanar. 

 Viñeta de @contaminantes.anonimus con foto de María Ruíz
IG: @maria__rz 

Y, aun así, hemos resistido y seguimos haciéndolo. Hemos transformado esa rabia en fuerza, en unión; donde nos pusieron vallas, nosotras pusimos flores; cuando nos encapsularon, nosotras nos abrazamos con fuerza; donde nos lanzaron de todo, piedras, palos, gases y hasta bombas molotov, nosotras nos protegimos y cuidamos de nuestras compañeras. Ante la represión hemos bailado, quemado, protestado, rodado, acuerpado y acompañado, hemos hecho de todo, menos rendirnos, porque sabemos que esta lucha no sólo es por nosotras, sino también es por todas las que ya no están y por las que vienen. 

Es así como las mujeres sobrevivimos a un sistema que nos violenta, que se burla de nosotras; sobrevivimos porque resistimos, de todas las formas posibles, desde las compas con sus vendimias en el metro o por redes sociales, las que hacen performances de canto y baile para hacer conciencia de los feminicidios, las que marchan, las que educan y hablan del tema, las que rompen y queman, las que por la vía legal defienden a las víctimas, las que defienden el territorio con su vida, las que siguen trabajando sin condiciones laborales dignas para alimentar a sus familias, o las que acompañan a quienes están situación de violencia. 

Viñeta de @contaminantes.anonimus con foto de María Ruíz
IG: @maria__rz 

Resistimos desde el amor,  la rabia y el hartazgo, luchamos de cualquier manera, donde todas son válidas y todas son las formas, porque qué otras respuestas esperan a un sistema que nos abandona, minimiza y  desprecia. Porque de alguna manera tenemos que hacer llegar nuestras voces, nuestras necesidades, a nosotras dentro de este sistema. Destruyendo monumentos o creando espacios, estamos resistiendo. 

Y si bien me enorgullece que, de una u otra forma, eso nos demuestra lo resilientes, valientes y fuertes que somos y que, a pesar de tanta indiferencia y rechazo, nosotras no nos rendimos, sino al contrario, transformamos todo esto, en amor, en ternura radical, en fuerza, en compañerismo y creamos redes de apoyo maravillosas; también me parte el alma el saber que tenemos que hacerlo para sobrevivir, porque es cansado tener que vivir en resistencia, es desesperante tener que luchar por nuestros espacios, es desolador saber que sólo podemos contar con nosotras mismas para cuidarnos.

Viñeta de @contaminantes.anonimus con foto de María Ruíz
IG: @maria__rz 

De cualquier manera, estamos acompañándonos, uniéndonos, organizándonos y eso es algo que jamás nos quitarán, pero sobre todo, no podrán detener, porque no importa cuánto tiempo tome, lograremos llegar a ese día donde dejemos de compartir los carteles de mujeres y niñas desaparecidas, donde no haya un oportunismo capitalista de nuestra lucha, donde no haya 11 muertas al día, donde podamos habitar seguras cualquier espacio, donde no se nos violente económica, física, psicológica, emocional o sexualmente, donde no se nos explote de manera utilitarista y se nos vea como lo que somos, personas. Donde nunca más tengamos que vivir con miedo por el simple hecho de haber nacido mujer. 

Resistimos para sobrevivir, pero también para transformar este sistema patriarcal, porque como dice Vivir Quintana: “venimos pisando fuerte y ya ninguna se queda atrás”.

Viñeta de @contaminantes.anonimus con foto de María Ruíz
IG: @maria__rz 

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Elisa Caballero es integrante de Contaminantes Anónimus.

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