Lo que necesitas saber:
Recordamos las legendarias batallas de bandas y te compartimos las razones por las que las necesitamos de vuelta.
Fui a mi primera batalla de bandas como a los 15 años, en ese momento de la adolescencia en el que buscas estirar la liga con tus papás para que te dejen ir a un lugar que no sea el cine o una plaza comercial. Tal vez las recuerden también por School of Rock, la película de Jack Black en la que un grupo de niños tenía que ayudarlo a triunfar en una competencia… de rock.
En México y en la vida real, esos eventos ocurrían en algún bar, pero de día, para que pudieran entrar menores de edad. Por supuesto, había una venta de bebidas muy limitada. También llegué a ir a algunas en patios de escuelas en fin de semana, teatros pequeños, y hasta participé en una en Six Flags, que funcionaba como un esquema para hacer que las bandas vendieran boletos para enriquecer a los organizadores, pero esa es otra historia.
Era algo extraño asistir a una tocada de gente de tu edad o un poco mayor, porque allí pasaba de todo y el ambiente era impredecible. Esa primera experiencia se quedó grabada en mi cabeza desde la entrada: al llegar temprano para apoyar a unos amigos que tocaban, nos avisaron que el baterista había chocado y no iba a poder llegar. Empezaron a probar suplentes de los pocos que habían llegado a curiosear.
Tras recorrer los horarios, finalmente apareció el baterista original, pero flotaba en el aire una sensación constante de descontrol, con un escenario improvisado y una banda tocando a escasos centímetros del público. En pleno 2026, por experiencias recientes, recordé la necesidad de las batallas de bandas.
La intención de las batallas de bandas
Más allá de premios económicos o contratos discográficos, en las batallas de bandas más amateur el único propósito era darle un espacio a proyectos emergentes para tocar en un escenario real, lejos del estacionamiento de su casa o de un cuarto en la azotea.
Hoy, en un mundo de espectáculos hipercoreografiados donde cada segundo está milimétricamente planeado, necesitamos más que nunca un regreso en serio de las batallas de bandas. La intención sería idéntica: que las bandas emergentes logren tener un escenario para hacer lo suyo, y al juntar varias, todos ganaríamos para ver varios proyectos. Sin necesidad de conocerles, quizás iríamos en modo de descubrimiento.
Hace apenas unos años, las batallas de bandas triunfaban en México
Las batallas de bandas no nacieron ayer; forman parte de la arqueología del rock urbano. Su evolución ha pasado desde los pequeños concursos locales hasta plataformas masivas que marcaron a toda una generación en el país.
Todavía a inicios de siglo, Telcel impulsó el famoso Rockampeonato, una iniciativa que convocaba a talentos de toda la República y cuya gran final se celebraba nada menos que en el Palacio de los Deportes. Un sueño absoluto para cualquier proyecto emergente. Como testimonio de su magnitud, recuerdo que dos de aquellas ediciones tuvieron como acto estelar a The Hives —en una de sus primeras visitas a México— y a The Flaming Lips, un show al que incluso asistí con fiebre.
Además, también me tocó ir a otro concierto en formato enfrentamiento, intercalando rolas entre Kinky y Molotov en el lejano 2012, n la Carpa Neumática del Hipódromo de las Américas. Algo tiene el formato de enfrentamiento que lleva a la gente a “apoyar” a una banda como si estuviéramos viendo un formato en vivo y a todo color. Un explosivo mashup.
A pesar de su enorme popularidad, el Rockampeonato dejó de realizarse a mediados de la década pasada y ninguna otra gran corporación o medio retomó ese formato a la misma escala. Es verdad que el rock dejó de ser el género rebelde de la música y que hoy un bedroom studio es la verdadera trinchera de lo independiente, pero la experiencia colectiva de lucha por ser la banda con mejor presentación se siente ausente.
La necesidad de las batallas de bandas hoy
En el contexto actual, marcado por una oferta de cientos de conciertos internacionales al año en nuestro país, los macroshows se han convertido en experiencias predecibles, calculadas al minuto y cuidadas hasta el más mínimo detalle. Esto ha diluido por completo la sensación de riesgo y asombro que definía a las presentaciones en vivo. Y en algunos casos, parece que la banda no quiere ni ganarse al público, lo dan por sentado.
Este año pude ver a Tyler, the Creator —uno de los artistas más grandes del mundo en la actualidad— en sus presentaciones en la Ciudad de México y Monterrey. Y aunque Tyler es un personaje eminentemente caótico y desbordante de energía, lo único que cambió sustancialmente entre ambas fechas fueron las palabras de cortesía: la primera noche dedicadas a la capital y la segunda a tierras regias.
Se trata de un formato perfectamente efectivo para un creador que pasa la mayor parte del año en giras maratónicas, despertando cada día en una ciudad distinta. Sin embargo, la industria de los megaeventos necesita un contrapeso urgente que recupere la frescura y la tensión del show en vivo, de la distorsión que se sale del plan y algún error que hace al show genuino e irrepetible.
Elementos que hacen irremplazables a las batallas de bandas
Competencia directa y formato knockout: Los participantes no van únicamente por un cheque o por compromiso; compiten en un formato de eliminación directa donde la tensión sube de nivel con cada enfrentamiento musical. Pura diversión del desenlace del momento.
La energía del reto: Hace casi quince años (gulp) vi el formato basado en un “aplausómetro” entre Kinky y Molotov. Aunque ninguna de las dos bandas iba a perder su lugar, los guiños de rivalidad sana y la urgencia por superar el set de la banda anterior mantuvieron un ánimo distinto y emocionante.
El pulso del circuito underground: Recientemente han surgido iniciativas como Vxrguizas Kxbronas, que reúnen a propuestas del circuito alternativo de la CDMX y el Estado de México. Al pisar la Ex Fábrica de Harina, la sensación fue idéntica a la de aquel chavito de 15 años: puro descontrol y una competencia leal entre músicos con hambre de ganarse al público asistente.
¿Una nueva batalla de bandas?
Recientemente, un amigo se lanzó a una batalla de bandas con Unperro andaluz y Grito Exclamac!ón como headliners. Y ahí, me cuentan, todo treintañero o cuarentón revivió lo que son el slam improvisado que se arma desde la primera canción, el crowdsurfing sudoroso y una energía punk absoluta.

En la parte cercana al escenario, los seguidores más jóvenes; el nuevo punk y escena alternativa de la Gen Z que rescata estéticas de antaño… y que, vale la pena recalcar, usan menos el celular de lo que pensarían los críticos de redes sociales que creen que las nuevas generaciones no saben andar sin el teléfono en la mano.
Gente escalando tubos, algún desconectado que sacan a la fuerza por violento (pero que no arruina el show a pesar de todo)… y en la parte de atrás, el público más añejo que ya no está para el trote del slam.
Gran ambiente con bandas realmente interesantes como Honey Pot!, Cacomixtle, Mengers, y los ya mencionados Unperro Andaluz y Grito Exclamación.
¿El formato? Suben dos bandas al escenario, intercalan canciones y disfrutan. Solo eso. No hay rivalidad ni hay un premio sustancioso… solo la intención de tocar; de demostrar que hay una escena y un público que tiene a bandas jóvenes marcando a una generación.
El rock como un acto incontrolable
En un año en el que se ha discutido intensamente sobre un supuesto renacimiento del rock —con figuras como Geese o declaraciones de Charli XCX definiendo sus nuevos trabajos bajo esa etiqueta—, recuperé un gran deseo: volver a ver las batallas de bandas en el mapa cultural.
Me encantan los conciertos de estadio y el confort de saber que los Foo Fighters sí o sí van a tocar clásicos como “Walk”, “Learon to Fly” o “The Pretender”. Aún así, tras reflexionar este fin de semana, me queda claro que necesitamos las batallas de bandas con urgencia. Porque el espíritu detrás de ellas, la imperfección y el factor sorpresa son, al fin y al cabo, lo que verdaderamente define al rock en cualquiera de sus vertientes.

