A lo largo de la última década, China ha sido la punta de lanza de la transición energética a nivel mundial. Y no es de a gratis, en décadas recientes ha sido el mayor consumidor de energía en todo el planeta. Pero en sus dos más recientes planes quinquenales ha planteado estrategias agresivas e interesantes para tratar de mitigar los efectos del cambio climático en su territorio. Se ha prestado particular atención a sus políticas públicas sobre el carbón. Por un lado, entre 2015 y 2020 redujo dramáticamente su producción y consumo; particularmente, hacia 2019 el porcentaje de dependencia había bajado de 80% a 51.8%. Por el otro, Xi Jinping ha incluido como objetivos del gobierno chino que sea un país neutro de carbono para 2060. Incluso, cuando comenzó la reactivación económica postcovid parecía que se haría a través de un “crecimiento verde”.

A pesar de todo lo anterior (y en parte por ello), China está inmersa en una crisis energética mayúscula. Desde hace algunas semanas, al menos 20 de sus 31 provincias viven apagones intermitentes y un suministro limitado de electricidad. Esto trae consigo interrupciones incómodas para el ciudadano de a pie: cenar con velas; adultos mayores que no pueden salir de sus departamentos porque no funcionan los elevadores; no poder cargar instrumentos de trabajo; e incluso limitación del suministro de agua en algunas poblaciones. Sin embargo, el problema no acaba ahí. Diversas industrias basadas en—y dependientes de—China han visto coartadas sus líneas de producción y cadenas de suministro por la falta de electricidad actual. Esto hace que el problema empiece a resentirse en economías de todo el mundo.

En un esfuerzo desesperado por no permitir que las complicaciones escalen, el país asiático tendrá que recurrir al tan polémico y odiado carbón para salir al quite.

¿Y cómo se llegó a esta crisis?

2021 es un año muy interesante y muy peculiar para los mercados globales. Tras los primeros ciclos de la pandemia por covid-19, marcados por un confinamiento generalizado en todo el mundo, una muy buena parte de las economías del planeta comenzaron a reactivarse simultáneamente. Esto creó un exceso de oferta en materias primas y componentes que, paralelamente, les han encarecido y les han llevado a puntos de escasez considerables. Esa escasez ha entorpecido las cadenas de suministro en un mundo en el que las industrias están “demasiado” interconectadas. Lo hemos visto con los chips semiconductores, con el maíz, con el gas y hasta con los choferes en Inglaterra. En parte esto explica la crisis energética de China.

Poniendo toda la carne en el asador, no hay suministro de electricidad suficiente para mantener a todas las industrias al mismo tiempo. Lo que los ha llevado a hacer uso del carbón de una forma que no se veía en los últimos años.

Pero la cosa se pone peluda cuando ese uso del carbón se contrapone a las restricciones impuestas por China desde hace años a este combustible fósil. Y el problema va un poco más allá. Asimismo, se impuso a Australia—país de donde solían importar una buena parte del carbón más barato que usan—un embargo por apoyar las investigaciones sobre el origen del coronavirus que apuntaban a los chinos como culpables. Esta falta de carbón barato ha hecho que sea más caro para los generadores de electricidad cumplir con la demanda de consumidores. Y como en China no se pueden aumentar tarifas acorde al mercado abierto, la opción que les queda es limitar el suministro.

¿Y ahora qué va a pasar?

Para tratar de limitar los efectos de este desabasto de electricidad, China decidió acelerar su producción de carbón. Ordenaron que más de 70 minas al interior de Mongolia suban su rendimiento en 10%, algo así como 100 millones de toneladas. Esta decisión inmediatamente alivió un poco los precios del mineral en todo el mundo y parece que le ofrecerá a los ciudadanos chinos un respiro al recuperar el suministro de electricidad en sus casas y fábricas sin temor a un alza de precios que conlleve inflación.

Igualmente, el gobierno central liberará carbón australiano que tenían almacenado por casi un año a partir de su prohibición. Esto representa cerca de un millón de toneladas que en algo influirán la baja de precios y el aumento de suministro de electricidad. Aún no es oficial, pero trasciende que posiblemente China restablezca el comercio con Australia en próximas semanas para continuar con el flujo del combustible.

Estos cambios de estrategia de política energética en China, por lo pronto, quedarán en efecto hasta finales de este año. Pero esto va en contra de lo hecho a últimos años, incluso cuando apenas en septiembre pasado Xi Jinping anunció ante la ONU que su país dejaría de participar en la construcción de plantas de carbón en el mundo. Encima de todo, estamos apenas a un mes de que se lleve a cabo la COP26 en Glasgow, una conferencia internacional sobre cambio climático. Hasta el momento, la participación de China no ha sido confirmada.  

¿Quién va a salvar la navidad?

Los efectos de la crisis energética en China trascienden sus fronteras, particularmente por la época del año en la que nos encontramos. La navidad está a la vuelta de la esquina y el mayor exportador del mundo batalla con su producción. Todo lo que pasa en la economía china suele tener efectos alrededor del planeta, pero en este momento, y en las próximas semanas, se empezará a comprar más y más productos que vienen desde allá; si su suministro eléctrico no se regulariza, sus fábricas no podrán cumplir con la demanda—de por sí cargada—de consumidores internacionales. 

Además, no se puede olvidar que China es un eslabón fundamental en las cadenas productivas de chorros de países como Alemania, Chile y Estados Unidos. Si a esto le agregamos el desabasto de chips generalizado este año, la situación puede llegar a puntos complicados. Que no nos sorprenda si esos gadgets o electrodomésticos que queremos comprar en el Buen Fin o para la navidad se encarezcan muchísimo o de plano desaparezcan de los anaqueles.

Lo que le pasa a China puede volverse una muy sugerente fábula de advertencia sobre complicaciones no presupuestadas de la transición energética que urge en todo el planeta. Ojalá que sirva más que para desechar la descarbonización, para buscarla contemplando sus pormenores más enrevesados.

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