Los seres humanos solemos desafiar la Naturaleza de forma constante, como si se tratara, precisamente, de una forma natural de convivencia y autodestrucción. Desde que nacieron las civilizaciones, el hombre ha intentado someter el orden natural de las cosas a su propia voluntad con base en sus descubrimientos como la ciencia la tecnología. Creemos tener la capacidad de dominar aquellos agentes externos que construyen nuestro entorno, pero también los internos, nuestras pasiones y sentimientos.

La construcción de una sola estética que se apegue a la idea de belleza, el rechazo a lo contrario, la monogamia, las religiones, lo políticamente correcto… Todos estos conceptos culturales creados por el hombre a partir de una necesidad de respuestas, en primera instancia, y un dominio de la Naturaleza casi inconsciente, en segundo término, han terminado por asquear al hombre, por hartarlo y llevarlo a un rompimiento de las reglas impuestas por él mismo.  De aquí surge la idea de Sigmund Freud en El malestar de la cultura en la que se plantea que el hombre no puede alcanzar la felicidad por tres cuestiones distintas: la “supremacía de la Naturaleza, la caducidad de nuestro propio cuerpo y la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad”.

Estas tres, sobre todo la primera, fueron representadas en el filme Fitzacarraldo de 1982 de Werner Herzog. Esta cinta es una de las más brutales dentro de la filmografía del director alemán no sólo por la complejidad de su producción, sino por la construcción del personaje principal y los elementos que conforman la narrativa dentro de la historia. Es bien conocida la personalidad de Herzog y su obsesión en controlar, irónicamente, un entorno que bien sabe está fuera de su alcance. Si algo reconocemos dentro de su obra, es que a Herzog le “molesta” trabajar en entornos cerrados y bien controlados como un estudio. Lo que siempre ha buscado es desafiar el exterior y llevar al límite a sus actores, equipo de producción y a sí mismo, y Fitzcarraldo es el mejor ejemplo de esa terrible obsesión.

Esta película tardó cuatro años en completarse. Se le fueron los actores; se le acabaron los fondos; comenzó un conflicto entre Ecuador y Perú, donde estaba filmando; el equipo de producción sufrió bajas como aquella anécdota en la que alguien fue mordido por una serpiente venenosa y alguien más se cortó tan profundo, que tuvieron que coser la herida sin una sola gota de anestesia. Pero finalmente, Fitzcarraldo llegó con toda su genialidad y locura en 1982 para ser nombrada la mejor cinta de Herzog y una de las más grandes aventuras en la historia del cine.

El actor Klaus Kinski llegó a Fitzcarraldo ya que el filme había comenzado su producción. Herzog, desafiando a cualquier estudio, volvió a filmar todas las escenas con Kinski en medio de un jungla que nadie conocía y una naturaleza que tampoco lograron comprender hasta que el rodaje terminó y la historia representó los puntos de Freud y materializó la idea del director de dominar a la Naturaleza no con armas, sino con películas.

Fitzcarraldo nos presenta la historia de un irlandés llamado Brian Sweeney Fitzgerald obsesionado con la idea de construir una casa de la ópera en medio de la jungla, la cual llevaría educación y sentido a las civilizaciones salvajes de la región. Verdi, Wagner y Caruso, con sus obras más grandes, harían comprender a los salvajes el mundo que tanto habían evadido. Para ahorrar dinero destinado a la construcción de la ópera, Fitzcarraldo obliga a los nativos a empujar su enorme barco a través de las montañas y dirigirlo a un río que, al parecer, le quedaba chico.

Si hay algo destacable en Fitzcarraldo además de la historia, fue la actuación de Kinski. El actor alemán –nacido en Polonia– era conocido por sus grandes actuaciones, pero también por ser un divo para la época. Nunca quiso obedecer a los directores y podía ponerse violento con quien insistía en algo que él negaba. La relación con Herzog a través de sus cinco colaboraciones fílmicas, fue más difícil que atravesar una de las muchas junglas que el director exploró para sus películas. Sin embargo, funcionaban por una simple razón: Mientras Herzog construía personajes complejos, Kinski tenía la violencia necesaria en su personalidad para darle lo que quería. Y Fitzcarraldo fue el punto máximo de una guerra que terminó en amistad.  

Sumado al trabajo de Kinski, se encuentra la necedad de Herzog de realizar una película tan romántica y humana, que esta misma fuera capaz de desafiar la Naturaleza sin considerar la caducidad del cuerpo. El cineasta se negó a trabajar con efectos especiales. También se negó a filmar con una maqueta del barco y la montaña, pero los resultados fueron impresionantes: En Fitzcarraldo hay un barco entre las montañas de Iquitos, Perú…

Fitzcarraldo, independientemente del dominio del lenguaje cinematográfico que Werner Herzog demostró junto al fotógrafo Thomas Mauch, es un filme humanista que descansa en la ilusión de la realidad de un sueño. Sin importar si al final Fitzcarraldo cumple su sueño de construir una ópera en medio de la jungla, la película presenta la intención del hombre de dominar la Naturaleza, como Freud dijo, atener a su voluntad el descontrol de sus pasiones por más ridículas que están parezcan, pero dejando de lado la idea de un fin corpóreo que no entiende ese límite impuesto de forma natural que nos aleja de la felicidad.

Las películas de Herzog siempre se manejaron sobre una línea delgada entre la realidad y la ficción. Si bien ahora el director alemán se decantó completamente por el documental evocando y rindiendo homenaje a la naturaleza, a lo que él sabe que no puede controlar pero lo controla a él, sus primeros trabajos siempre coquetearon con la idea de presentar al tan real –desde su historia y producción– que las audiencias al final no supieran si la ficción estaba basada en algún aspecto real. Y Fitzcarraldo, con la magnífica escena del barco y algunas apariciones de Claudia Cardinale como Molly, una mujer que cree en el irlandés sin que nos enteremos del porqué, nos llevó a un cine documental que desafió las reglas del cine y dejó en claro que el hombre siempre, aunque sea para hacer una película, declarará la Naturaleza para autodestruirse, pero redimirse nuevamente con otra película.

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