El cine presenta distintas verdades, o mejor dicho, realidades. Pero por encima de esto, el cine se ha convertido en una forma de cuestionar a las audiencias para que de forma individual, el espectador llegue a una conclusión sobre un tema muy específico. Esa es, en parte, la esencia de lo que vemos en una pantalla: una forma de conversar sobre lo desconocido, o bien, lo que no comprendemos.

Por eso, no es de extrañarse que en la filmografía mexicana encontremos con tanta insistencia películas que retratan las distintas realidades del país, sobre todo las historias cargadas de injusticias sociales que si bien sabemos existen, decidimos ignorarlas. El cine no puede dejarlas de lado.

Sin embargo, hay una tendencia en el cine mexicano (y por qué no, latinoamericano) en los últimos años a abordar estos temas pero desde una perspectiva no tan trágica. Ahora se define su historia y personajes con toques demasiado realistas/humanos y con los cuales podemos sentir empatía y hasta relacionarnos en algún nivel.

Esto no quiere decir que antes, el cine haya sido desorbitado en sus formas, pero la mayoría son situaciones que si no has vivido, son difíciles de digerir o creer. Un ejemplo perfecto de este tipo de cine es La camarista de Lila Avilés, la cual muestra a una mujer que lucha por salir adelante en un sistema que frena su crecimiento.

Pero la cinta va más allá de eso y explora la humanidad de su protagonista desde distintas perspectivas y a través de los distintos escenarios en que se desarrolla. Algo muy similar sucede con Mano de obra de David Zonana, la cual forma parte de la Selección oficial del Festival Internacional de Cine de Morelia 2019 (y se presentó con mucho éxito en el Festival de Toronto).

Si hay una manera de describir Mano de obra, la palabra más atinada sería “precisa”. Desde su primera escena, Zonana, quien también sirvió como guionista, le da continuidad a su historia sin caer en preámbulos que justifiquen a su protagonista y rompan con la secuencia lógica del personaje.

Mano de obra arranca con una escena que obliga al espectador a prestar atención a lo que sigue durante los poco más de 80 minutos de filme. La cinta comienza con la imagen de varios trabajadores de la construcción en distintas actividades. De repente, sin que se vea el lugar en el cuadro, un hombre cae al piso.

Claudio Cruz es atendido por sus compañeros y su hermano Francisco, quien trabaja con él como albañil en esta casa, la cual, de primera vista, se ve lujosa. La siguiente escena, en un corte rápido, muestra a Francisco en el funeral, y sin contar detalles innecesarios, el protagonista vuelve a aparecer en sus labores dentro de la misma casa y junto a sus mismos compañeros, quienes lo acompañan en su dolor.

En un principio, Mano de obra parece decantarse por la presentación de una historia de búsqueda de justicia cuando Francisco comienza a hablar de la indemnización por el accidente de su hermano sin recibir respuesta, y esta idea se potencia cuando descubrimos que la viuda de Claudio, Lupe, está embarazada. Y eso no es todo: el “análisis” forense, dice que había ingerido bebidas alcohólicas…

Sin embargo, la agilidad de Zonana tanto en su guión como en el trabajo de fotografía y diseño de producción (Carolina Costa e Ivonne Fuentes, respectivamente), le dan la vuelta a la historia. Francisco deja de ser una víctima de los opresores, representados en la figura del dueño de la casa, y parece voltear la página cuando decide vivir en la casa que él mismo ha construido.

El segundo giro de la historia, poco previsible (y por eso grandioso), es cuando Francisco  invita a sus compañeros a vivir con él en una casa compartida que se ha quedado sin dueño. De este modo, el protagonista reconoce su poder y se aprovecha de ellos, convirtiéndose en víctimas del sistema opresor que ha quedado “atrás”, y de su nuevo líder que se pierde en el poder.

Mano de obra está llena de referencias nada sutiles que potencian la validez del personaje principal y su peso en la historia. Francisco vive en un cuarto con filtraciones en el techo que inundan el lugar cada vez que llueve. Y del otro lado, vive para construir un hogar digno para alguien más. La casa que construyen es blanca y está llena de luz, todo lo contrario a la vivienda de Francisco y Lupe, la cual es oscura, pequeña y apretada. ¿Cuándo será su turno? 

El trabajo de Luis Alberti como Francisco, sobre todo su lenguaje corporal, potencian cada uno de los giros de la historia, cada uno de los pasos que toma en relación con sus compañeros y la forma en que estos reaccionan a él y sus circunstancia. Zonana trabajó con un elenco de no actores que le agregan un toque natural que se apega al lenguaje y las formas, por ejemplo, la abundancia de albures entre personajes. Y de alguna manera, con esto, el director fue capaz de hacer un retrato de ficción que comprendemos muy bien y también somos capaces de disfrutar.

Zonana, resulta evidente, no tenía intenciones de dar un discurso social que evidenciara una lucha de clases, ni tampoco un escenario en el que el oprimido revirtiera el poder del opresor y se convirtiera en un héroe, un estandarte. Nada de eso.

Mano de obra va más lejos, pues no sólo se evidencia en la superficie la situación social, económica y política de México, sino lo más importante que se expone es la capacidad del ser humano de conectarse en el dolor y al mismo tiempo perderse en el poder.