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En el Día de la Tierra: ¿podemos hablar del elefante en la habitación?

El Día de la Tierra tiene por objetivo crear conciencia sobre la necesidad de proteger a los ecosistemas y los seres vivos del planeta.

Por Omar Masera y Luca Ferrari

El Día de la Tierra tiene por objetivo crear conciencia sobre la necesidad de proteger a los ecosistemas y los seres vivos que habitamos en el planeta.

Entre las diversas problemáticas que hoy enfrentamos, el “elefante en la habitación”, ese gigante que está evidentemente ahí, pero del que nadie quiere hablar, es sin lugar a dudas el cambio climático: resultado de la crisis energética, ambiental y social que estamos viviendo. Para sacarlo de la habitación, debemos entender que no podemos continuar con el modelo civilizatorio vigente, basado en el sobreconsumo, desperdicio, desigualdad y violencia, tan sólo haciéndolo “más verde”. La verdadera apuesta civilizatoria es, como diría Freire, por otra forma de “pronunciar el mundo”. Ahora más que nunca necesitamos otros imaginarios, que tengan como centro el bien común o el “buen vivir” mediante el consumo necesario, suficiencia, equidad, diversidad biocultural, cooperación, autogestión, apoyo a lo local y uso sustentable de los recursos naturales. Central para este nuevo modelo civilizatorio es promover una transición energética sustentable en términos no sólo ambientales, sino sociales. ¿Cómo llegamos a este punto crítico y cuál es el camino para salir de él?

El fin de la era de los combustibles fósiles 

En el último siglo y medio, hemos experimentado algo único en la historia de la civilización: el crecimiento exponencial de la población humana y de la economía, así como de los bienes materiales de todo tipo que consumimos. Esto no habría sido posible sin el descubrimiento y explotación de los combustibles fósiles, abundantes y baratos hasta finales de siglo pasado, pero la situación está cambiando.


Desde el inicio de este siglo nos encontramos en la era de la energía fósil económica y ambientalmente cara. Se explotan yacimientos de petróleo y gas cada vez más pequeños, profundos y difíciles de trabajar. El carbón es de menor calidad y tiene menor poder calorífico. La “ley” –es decir, la concentración del recurso mineral en los yacimientos– ha disminuido progresivamente.

A nivel internacional se reconoce cada vez más la imposibilidad de continuar con el modelo actual de desarrollo depredador, cuya base fundamental es el crecimiento exponencial en la demanda de bienes y servicios con la consecuente sobreexplotación de los recursos naturales del planeta. Este modelo, cuya expresión dominante en los últimos cuarenta años ha sido el neoliberalismo y la globalización, está socavando las bases ecológicas de la vida, y está produciendo perversas desigualdades de riqueza.

¿Capitalismo “verde”?

Frente al declive energético y los estragos ambientales, la última esperanza que se nos quiere vender es que es posible seguir creciendo, pero ahora de manera “limpia” y “respetuosa con el medio ambiente”. Tal es la propuesta del capitalismo verde, cuyo eje principal, en el terreno energético, es la implementación acelerada de fuentes de energía renovable mediante megaproyectos de producción centralizada. No obstante, si bien la humanidad tendrá que volver a vivir de las fuentes renovables, la idea de mantener e incluso hacer crecer el sistema energívoro del capitalismo fósil con energías renovables es una quimera.

Debemos ser conscientes de los retos y limitaciones que suponen las energías renovables. Aunque ha habido progresos tecnológicos rápidos en ellas, cualquier fuente de energía necesita tecnologías para su extracción, procesamiento y disposición para el uso final, por lo que no existe ninguna fuente completamente limpia. Asimismo, aquellas con mayor potencial de crecimiento, como la eólica y la solar, son diluidas y variables. Reemplazar con ellas la infraestructura eléctrica basada en combustibles fósiles requeriría la construcción de cinco veces la capacidad instalada actual y ocuparía hasta cincuenta veces más superficie. Cabe señalar también que la opción del almacenamiento es todavía incipiente y, aunque hay avances, incrementa significativamente los costos. Quedan además por cubrir los usos no eléctricos de la energía —para producir calor y para el transporte— que actualmente constituyen el 80% del consumo del país. Más aún, estudios recientes muestran que no hay suficientes reservas de minerales críticos para cubrir los requerimientos de la electrificación del transporte terrestre basado en vehículo privados, mientras que la aviación y el transporte marítimo no tienen alternativas viables. Por último, debemos tener en cuenta que construir y dar mantenimiento a la infraestructura necesaria para el aprovechamiento de fuentes renovables depende de combustibles fósiles y materias primas no renovables como el litio y las tierras raras o el diésel para la minería.

En suma, las renovables por sí solas, es decir, sin atacar de fondo una reducción de la demanda energética, no pueden solucionar el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero. Prueba de ello es el hecho de que, a pesar del rápido crecimiento de las renovables, no ha habido disminución de estas emisiones salvo en periodos de recesión económica. 

Una transición verdaderamente sustentable

Para alcanzar tanto la soberanía como la justicia energética y para reducir graves impactos ambientales como el cambio climático, debemos actuar sobre la demanda y la oferta de energía. 

Con respecto a la oferta, claramente las renovables son la energía del futuro. Pero deben desarrollarse de manera diversificada, adaptarse a los diversos contextos socioambientales e implementarse mediante proyectos de escala pequeña y mediana, realizados en conjunto con las poblaciones locales. La creación de cooperativas locales de “prosumidores” de energía distribuida es una ruta importante para el futuro.

No obstante, incluso los escenarios internacionales más optimistas sobre la transición, sustentables desde el punto de vista climático, implican una reducción importante del consumo de energía. Por ello, antes de pensar en producir más energía debemos utilizar lo que tenemos de la forma más eficiente posible. Actualmente más del 70% de la energía que producimos se desecha. Esto implica una cruzada en términos de eficiencia y especialmente una reducción en los consumos superfluos. El tema es políticamente difícil de manejar porque la idea del crecimiento material como sinónimo de bienestar está enraizada de modo profundo en el imaginario colectivo occidental, a pesar de que, aun con crecimiento económico, en los últimos cuarenta años la gran mayoría de la población ha visto empeorar progresivamente su calidad de vida, y necesita trabajar cada vez más tiempo para subsistir.

En México, una transición verdaderamente sustentable debe atender las dimensiones energética, ambiental y social. Redirigir los recursos hacia la sustentabilidad implica replantear las prioridades, reorientar la economía hacia las necesidades internas y apostarle a un nuevo “imaginario” o proyecto civilizatorio, basado en la articulación armónica de economías y proyectos colectivos locales.

Para conocer la perspectiva de expertos nacionales e internacionales sobre este tema, los invitamos al ciclo de seminarios “Transición Energética Justa y Sustentable”, organizado por el Programa Nacional Estratégico de Energía y Cambio Climático del Conacyt. El primer seminario se transmitirá el 27 de abril de 12:00 a 14:00 horas por las cuentas de YouTube y Facebook Live de Conacyt México. ¡Los esperamos!

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Omar Masera y Luca Ferrari son parte del Programa Nacional Estratégico de Energía y Cambio Climático del Conacyt.





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