Por Mercedes Martínez Rojas

Hace unos días tuve la oportunidad de platicar con Pedro J. Fernández sobre su última novela Yo, Díaz. Más que una entrevista, fue una plática amena que giró entorno a este  personaje histórico y a los temas que lo acompañaron tanto a él como a México en el siglo XIX y que nos siguen afectando hoy en día.

La novela comienza con Porfirio Díaz en su lecho de muerte. El momento en el que se encuentra es un tiempo de reflexionar y ver hacia atrás. Es a partir de ese momento de autocrítica que cuenta su historia. Está analizando cómo lo ha juzgado la historia. Por momentos pareciera que el personaje se justifica demasiado. “No es tanto una justificación sino una revisión. Yo creo que sí se arrepintió de los hechos terribles que cometió”, me comenta Pedro.

 Algo que se hace presente desde el inicio de la novela es la muerte. 

México siempre ha sido un país muy marcado por la muerte. No en vano tenemos el día de muertos y esta sensación de que la muerte no es el fin. Burlarnos de la muerte es parte de nuestra idiosincracia y nuestra forma de celebrar la vida. El que se consolide la figura de la catrina, a principios del siglo veinte, es una forma de aceptar la realidad pero sin enfrentar la gravedad de la situación.

A Porfirio lo marcó la muerte en todos los aspectos. Las decisiones que tomó, como el famoso telegrama “Mátalos en caliente”, tienen un peso personal muy fuerte. Es parte de lo que lo hace humano tanto en la novela como en la historia. Le duele muchísimo que su mamá se haya muerto en la guerra de Reforma y no haberse podido despedir; le duele mucho perder a sus hijos prácticamente después de nacer y Delfina esté destrozada. Cuando se muere su primera esposa hay un sentimiento de pérdida, un cambio muy brusco. Se serena, toca piso, deja de tener mujeres por todos lados.  El duelo le cobra factura a su físico: embarnece, le salen canas.

¿Tú qué crees que haría Porfirio si estuviera en el lugar de Peña con la situación de Trump?

Porfirio Díaz siempre tuvo una gran reserva de EUA. Él vivió la invasión Norteamericana, sabía qué clase de país era USA y le costó mucho que reconocieran su gobierno. Hubiera seguido esa línea de mandar telegramas diplomáticos deciendo “No estoy de acuerdo con cómo te estás expresando y dependemos el uno del otro, pero si vas a ponerte en ese plan, yo puedo voltear fácilmente a Asia o Europa y no necesito de ti”. Definitivamente hubiera puesto a un hombre con más carrera política y más maña en la Secretaría de Relaciones Exteriores y como embajador en Estados Unidos.

 ¿Cómo ves el peso de la frase “sufragio efectivo, no reelección” hoy en día? 

Esa frase la crea Porfirio contra Juárez y luego Madero la usa contra él. Ahorita el tema de la no reelección es complicado por el trauma que traemos con Porfirio. No hay reelección en prácticamente ningún cargo público. Más bien sería una cuestión de partidos que se eternizan en ciertos cargos, en ciertas gobernaturas, en la presidencia y que, para lograrlo, tienen que llevar a cabo prácticas no democráticas. Entonces, al final es una frase que sigue marcando la política del país. 

¿Cuál es la relación de Porfirio con Oaxaca, cómo evoluciona su relación con el Estado?

Hay un sentimiento muy nostálgico de Oaxaca porque Porfirio Díaz estaba recordando sus primeros días; su infancia, su adolescencia. Es una cosa que se me hace muy curiosa porque lo que le causa nostalgia de su vida no es su gobierno ni sus bailes; sino ese momento cuando era pobre en Oaxaca, cuando era feliz con sus hermanos, con su mamá y durante las comidas en la casa. Hay un proceso de desapego de Oaxaca. Al final ya no tiene a su mamá ni a ninguno de sus hermanos, y su sobrino Felix termina viviendo en la ciudad de México. Sí visita Oaxaca, pero ya es de forma distinta. Incluso vemos que cambian los menús. Dejan de servir mole, por ejemplo -el mole era considerado algo mucho más bajo, no como hoy- y empiezan a servir menús franceses. Se separa de la gastronomía mexicana, no sólo la oaxaqueña.

Otro aspecto que me llamó la atención de la novela es el papel de las mujeres, tanto en la vida de Porfirio como en la sociedad mexicana

Porfirio es un hombre muy del siglo XIX. Mucho más siendo de Oaxaca y el jefe militar de Ixtlán. Es contradictorio porque por un lado se enoja y va a defender el honor de su hermana, pero lo primero que hace al llegar a Ixtlán es conseguirse una amante. Aun así, creo que él sí entendió que las mujeres estaban viviendo una marginación histórica. Una de las primeras cosas que hace llegando a la gobernatura es hacer una escuela de señoritas para que las mujeres de Oaxaca pueden aprender a leer y a escribir. Las hermanas de Porfirio aprendieron a leer y a escribir porque les enseñó su madre, no porque pudieran ir a la escuela. Quienes fueron a la escuela fueron Porfirio y su hermano. Con la misma educación y el mismo sentido de lucha, quizá sus hermanas hubieran llegado igual de lejos que Porfirio. Sin embargo, quedaron rezagadas. Sobre todo Manuela, que tuvo un hijo fuera del matrimonio y además con un hombre que se iba a casar con otra; la sociedad en aquel entonces la rechazó mucho por eso.

Algo interesante es que Porfirio conoce mujeres que son atípicas para su época: su mamá tenía opiniones políticas y las decía en público. Era muy fuerte y sacó adelante a la familia. La primer esposa de Porfirio, Delfina, era muy poco común. No se estilaba que una mujer, esposa del presidente, estuviera dando opiniones políticas, y Delfina lo hacía sin problemas.  Juana Catalina Romero siempre lo rechazó y prefirió luchar por el progreso de Tehuantepec en vez de casarse porque sabía que eso la esclavizaría. Quiso estar sola para salir adelante. Una decisión muy fuerte para la época.

¿Y qué me dices de los indígenas y sus derechos?

Un tema que había en la época de Porfirio Díaz es que había este sentido, sobre todo de los  presidentes liberales, de Juárez, de Lerdo, de Porfirio, de que parte de esas tradiciones eran bárbaras o estaban atrasadas. Entonces querían que esos pueblos entraran de golpe al siglo XIX y al XX. Y aunque era un pensamiento común de la época, sólo se lo recriminamos a Porfirio. Era muy común que los convencían de venir a la ciudad y los vestían de levita y se veía falsísimo; ves las fotos y se lucen disfrazados. Hasta el mismo Porfirio cuando cuenta la primera vez que se pone una levita se siente mal: se ve muy indígena y le ponen una levita que le queda grande; se siente incómodo, no sabe qué hacer. 

Yo creo que a Juárez y a Porfirio se les olvidó, más rápido a Juárez que a Porfirio, que venían de ese indigenismo y en ese momento no se tenía la apreciación de la cultura indígena. Se cometieron muchos atropellos. Pienso que actualmente seguimos arrastrando parte de eso como si los pueblos indígenas, por el hecho de ser pueblos indígenas o de preservar ciertas tradiciones, fueran pueblos atrasados o bárbaros. Que porque no visten como nosotros son diferentes. Y es una mentalidad que hay que cambiar porque ellos son parte de nuestra cultura, tan importante como Juárez o Porfirio. Son parte de los elementos que conforman México y nos hacen ser quienes somos. 

Me viene esta imagen de que se blanqueaba con polvo de arroz y cómo va cambiando su imagen pública.

En el caso de Porfirio fue parte la influencia de Carmen, su segunda esposa. Pero también es este concepto que Porfirio Díaz tiene que vender al mundo de que México está bien; que México es un país civilizado.  Y también tiene que  romper con esas críticas de que no puede gobernar porque es indígena. Entonces su solución, para bien o para mal, con iniciativa propia o sugerencias de su esposa, es cambiar. Va a Nueva York y regresa cambiado. Se ve más europeo y en las fotos se ve muy blanco. Ni parece que nació en Oaxaca. También es parte este culto a la personalidad: una vez que se blanquea ya lo aceptan las clases altas. Los dirigentes políticos de toda la vida empiezan a tratar más con él y sí hay un cambio político en ese sentido.

¿Tú crees que estamos listos para la democracia? 

Porfirio decía que en México no puede existir la democracia porque México no es un pueblo democrático. Yo creo que la democracia es el camino pero hay dos problemas muy importantes: en  un pueblo en el que hay mucho analfabetismo, que no se informa sobre política, que no sabe de historia; es muy complicado tener una democracia, porque a veces llegan a las urnas sin saber por quién están votando. Tanto como candidato como partido. Pues es la rifa del tigre. Por otro lado tenemos candidatos puestos por los partidos, candidatos que no están preparados, que no tienen experiencia de gobierno, no tienen méritos y acaba siendo la de un ciego guiando a otro ciego.

Algo que me gustó del libro es que se lee muy fácil. Te engancha. Tiene toques agradables que te van acompañando, como las estrofas de “La llorona”.

Precisamente la novela está narrada en primera persona por dos razones: es importante que Porfirio hable, se vea cercano, que veamos la vida de un ser humanizado. Por otro lado a la que le está contando su historia es a Carmen aunque parece que te está contando  a ti la historia porque Carmen no conoce toda su historia, porque nació tarde. Entonces Porfirio tiene que explicarle todo lo que estaba pasando en México. Lo hace de un modo paternal amoroso, pero sin perder esa idiosincrasia que tiene. Entonces agarró un tono muy bonito; muy digerido, muy simple. 

Siento que novelas como esta te permiten saber cómo es que llegamos a donde estamos ahora y por qué es tan importante entender el pasado. Algo que estamos viviendo hoy en día en la redes sociales es que cuando hay un día de asueto, como el 5 de Mayo o el día de la la constitución, son fechas que ya no entendemos y ya no celebramos como tal porque nunca las entendimos. Este tipo de novelas no ayuda a recordar y darle importancia a nuestra historia. Porque al final son temas que nos marcaron, que forjaron el México que somos hoy. Entre menos entendemos, además de que estamos condenados a repetir, estamos condenados a no entendernos como país y a algo rarísimo que es olvidar nuestra propia historia. 

Muchos historiadores están en contra de la novela histórica pero a veces está bueno darse estos permisos; hacer enlaces entre la ficción y la realidad para acercar al lector a su pasado, porque, si no, se queda todo en un círculo intelectual muy pequeño.

Fíjate que me lo han dicho mucho con este libro; que querían leer un libro de Porfirio Díaz pero como casi todo lo que se publica de él es en ensayo, no querían leerlo. A la gente no le gusta leer ensayo. Tener una novela con un personaje que habla, que se humaniza, que siente, crea empatía. Me han dicho esta semana que ha sido un boom el libro. Me han dicho “Es que me rompiste el paradigma porque nunca me imaginé a un Porfirio joven, teniendo una amante, o llorando”. Alguien más me dijo “es que me vendieron tanto la gran imagen del héroe militar que nunca me imaginé tenerlo ahí tirado en el campo de batalla con un balazo”. Son anécdotas que no se cuentan pero que te dan una mayor perspectiva el personaje.

 Volviendo un poco a ti. De tus tres libros, ¿cuál es tu consentido?

Éste me gusta mucho. La verdad es que me aventé a escribirlo y no me di cuenta de la tarea titánica que fue hasta que me empecé a enfrentar con tener que buscar cada vez más bibliografía, cada vez más crónicas y a reconstruir Oaxaca del siglo XIX; a reconstruir personajes y darle una voz coherente a Porfirio. Esto fue un reto y ya que lo acabo de releer hace poco creo que salió mucho mejor de lo que esperaba. Le tengo un cariño muy especial a mi primera novela, Los pecados de la familia Montejo. No sé qué tiene, pero le gusta mucho a la gente.

Con Yo, Díaz escribí la novela que yo quería leer de Don Porfirio y me volví a sentir como pez en el agua. La única novela de Porfirio que encontré es Pobre patria mía y creo que es la única novela de la vida completa de Porfirio Díaz que hay, pero siento que es muy corta y quedaron muchas cosas fuera. Yo quería una novela mucho más global. No sé si es la gran novela de Porfirio pero quería que contara desde que fue indígena pobre hasta que estuvo desterrado y que se viera que este personaje histórico no es solamente una figura de monografía. Quería el todo.

¿Nunca has tenido problemas para separarte de tu alter ego? 

Hay una personalidad muy marcada en la cuenta de Twitter, que es la de un viejito cascarrabias del siglo XIX. Trato de apegarme a eso lo más posible. Me ha pasado que mi opinión se filtre en la de Porfirio, pero no que Porfirio se filtre en la mía. Me queda claro que la personalidad de Twitter está mucho más cargada de humor y sátira. Este viejito cascarrabias permite estos toques que en cualquier otra persona podrían sonar homofóbicos o genofóbicos. Por ejemplo, Don Porfirio escribió alguna vez un tuit que decía “ Ya pueden votar las mujeres”. Entonces se entra en un juego muy interesante con los seguidores que también lo tratan como viejito y le dan ciertos permisos. Es una forma de poner sobre la mesa cuestiones que se nos han olvidado o a las que les hemos dejado de dar importancia.

Pedro J. Fernández, Yo, Díaz, Grijalbo, 2017, 470pp.

*fotos vía facebook.com/DonPorfirioDiaz y facebook.com/pedro.j.fernandez

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