El hombre está conformado de diversas emociones como la tristeza y la felicidad. Muchos psicólogos han descrito el miedo como una emoción y no un sentimiento, y si tomamos esto como cierto, entonces también sabemos que las emociones se construyen con base en los instintos de sobrevivencia inherentes a cualquier animal. En el caso del miedo, por ejemplo, nos hace alejarnos de una situación que percibimos peligrosa, de forma consciente, mientras el cuerpo reacciona: nuestro corazón late más fuerte, los sentidos se potencian de acuerdo a nuestras necesidades, sube nuestra temperatura, se nos seca la boca, etcétera. El miedo es instintivo, y cuando es muy fuerte, puede incluso provocar ansiedad, un proceso que también es físico.

Ahora bien. La pregunta que ha rondado durante años entre los científicos, es si los animales también sienten miedo o simplemente deben su sobrevivencia a las cualidades físicas marcadas por la evolución, propias de cada especie. Cuando el hombre se da cuenta que está en peligro, lo hace de forma consciente, es decir, analiza la situación con base en su conocimiento o experiencia, y determina que el momento es peligroso. Sin embargo, o al menos eso nos han dicho, el animal es incapaz de analizar cada uno de los elementos que componen el ambiente de peligro, simplemente lo siente y, en todo caso, huye.

Desde que comenzó a escribirse la historia de la humanidad, se ha marcado la diferencia entre hombre y cualquier otro animal con la consciencia, aquella capacidad humana de analizar y tomar decisiones con base en diversos aspectos, pero sobre todo, ser conscientes de la existencia, algo que los animales no pueden hacer. Entre animales como mamíferos, insectos, reptiles y más, no hay consciencia de su existencia. A pesar de que sí hay estructuras sociales y/o jerárquicas, e incluso rituales, no hay políticas ni religiones.

Sin embargo, y a pesar de que esta cualidad marca la enorme diferencia, también hay un sinfín de similitudes que, precisamente, nos hacen parte del reino animal, y una de ellas es la brutalidad y violencia. Por ejemplo, el chimpancé es una de las especies más violentas por naturaleza que, como el ser humano, coordina ataques contra miembros de su grupo. Hace algunos años, en Senegal, hubo el caso de un clan que mató a su exlíder desgarrando diversas partes de su cuerpo y exhibiendo el cuerpo frente a los casi 30 miembros del grupo. ¿La razón? Una competencia sexual entre machos por las pocas hembras en madurez sexual. Ya se habían registrado este tipo de ataques entre chimpancés, pero nunca hacia un miembro del mismo grupo…

Los chimpancés son la especie más parecida al ser humano y los ataques violentos son la prueba. Pero, ¿qué similitudes podríamos encontrar con un insecto como una mosca y el hombre? A primera vista (y segunda y tercera), ninguna pero en realidad, hombre y mosca comparten la misma base genética. ¿Y qué hay de los rasgos que conforman el comportamiento de estas dos especies?

Esa pregunta sin respuesta, la formuló David Cronenberg en una de sus más grandes películas, y también dentro del horror corporal: La mosca de 1986. Esta cinta es una reinterpretación de la obra fílmica de 1958 del director Kurt Neuman, y ambas están basadas en un cuento corto del escritor francés Langelaan en el que un hombre que realiza investigación científica, relacionada con la materia, es asesinado por su esposa. La razón está relacionada con un secreto sobre el trabajo del hombre: encontró una manera de romper la materia, transportarla al desintegrarla y volverla a unir. La historia da un giro de 180 grados cuando el científico experimenta consigo mismo y una mosca interfiere en la reintegración de las moléculas.

¿El resultado? Un hombre que se está convirtiendo en mosca y que le pide a su esposa por favor lo mate antes de que su inteligencia y consciencia se pierda. De este modo, la esposa destruye su cabeza y brazo (lo que ya se había transformado). La primera adaptación de 1958 se apega casi completamente al cuento de Langelaan con un final relativamente feliz y cómodo: la esposa había sido acusada por el crimen. Cuando decide revelar la verdad y convence al inspector del caso, es liberada y se queda a cargo de su hijo (quien por cierto, encontró la mosca que se coló al experimento con la cabeza blanca y un brazo del protagonista.

La adaptación de Cronenberg casi 30 años después, como mencionamos, se volvió un clásico de la filmografía del director canadiense por lo puntual del horror corporal (un hombre convirtiéndose lentamente en mosca) y lo grotesco de las imágenes. En La mosca de Cronenberg, nos presentan a Seth Brundle, un científico solitario que inventó un par de cabinas capaces de transportar la materia. Cuando conoce a la periodista Veronica Quaife, la lleva a su laboratorio y le muestra el descubrimiento. Con el tiempo, Brundle y Quaife comienzan una relación. El científico, celoso ante la idea de que su novia tenga un romance con su editor, se embriaga y entra a una de las cabinas sin darse cuenta que una mosca está en la otra…

Y como podemos imaginar, aquí inicia el verdadero suplicio de un hombre apasionado por su trabajo, pero aún más turbado por celos. Brundle comienza a presentar reacciones en su piel y su cuerpo, dando inicio al proceso de transformación a una mosca del tamaño de un hombre. Este cambio es presentado por Cronenberg de una manera tan grotesca (ni qué decir de la escena final en la que su cuerpo se rompe para liberar la réplica exacta del insecto), que en algunas ocasiones distrae a las audiencias de la verdadera premisa de la historia: no es el descubrimiento ni la necedad del científico de experimentar consigo mismo, sino el destino fatal y trágico del hombre causado, en algunas ocasiones, por una mosca. 

Brundle experimentó en un par de ocasiones con babuinos resultando exitoso. ¿Por qué no hacerlo él?, ¿por qué no desaparecer por milésimas y milésimas de segundo en el espacio y tiempo y volver a ser en otro lugar? Así es como el personaje principal toma la decisión de entrar en la cabina sin considerar una de las realidades menos probables: la aparición de una mosca, un insecto volador repulsivo para muchos, poco comprendido y valorado. Brundle, en algún momento, describe al insecto como algo que no tiene política, desprovisto de compasión y que se maneja con la brutalidad del instinto… tal y como Brundle tuvo un arranque de celos y entró a la cabina: sin ideas previas, sin compasión por sí mismo ante un futuro incierto y con la brutalidad instintiva conocida en los seres humanos.

Sus cualidades físicas poco tienen que ver con La mosca de Cronenberg y cualquier otra. Las moscas comen heces y sus cuerpos están cubiertos de bacteria como la disentería, así que cuando se paran en la comida, no sólo permanecen quietas, sino vomitan, dejan saliva y jugos gástricos; es decir, un sinfín de probabilidades de contraer alguna enfermedad. Las moscas representan el lado oscuro e inconsciente de la naturaleza. Pero lo mismo va con el humano, quien ha sido autor de los peores crímenes hacia la humanidad (catalogados así por él mismo) de forma colectiva o individual.

Cuadro-por-Cuadro-banner