Reside un poco de erotismo en la violencia. Lo primero que viene a nuestra mente son esos personajes pasionales que protagonizan encuentros carnales, mismos que suelen confundirse o ser interpretados por el gusto específico de las partes involucradas. Llámese amor, deseo, la expresión de un trauma u obsesión. Estas dos últimas, sin minimizar las vicisitudes del amor, son las más peligrosas entre todas por una razón: la enajenación nos lleva a confundir la realidad de la fantasía.

De este modo, pensar en comernos unas nalgas o un trasero, se convierte en una idea (comercial y rentable en la industria porno) un tanto superficial en el que se ven involucrados los dos primeros conceptos: erotismo, pues siempre se involucra un tipo de relación sexual, y la violencia del acto que resulta, en muchas formas, en algo antinatural por no decir sucio. Sin entrar en detalles médicos que no nos corresponden, el “anilingus” es una práctica peligrosa en la que se aumenta el riesgo de ingerir alguna bacteria como la E. coli, la cual provoca diarrea y vómito, pues no pertenece a un lugar como el estómago.

Sin embargo, y a pesar de las advertencias, encontramos atractiva la idea de unir el trasero y la boca de alguien, pero siempre con fines meramente sexuales. Entonces, ¿por qué resulta contrario pensar en ello de otras formas que no sean eróticas o que impliquen un tipo de placer más doloroso? Una película que explora estos puntos, desde distintas perspectivas, es The Human Centipede (El ciempiés humano), escrita y dirigida en sus tres entregas por Tom Six. Su nombre no se presta a la interpretación y la cinta pone como centro la idea de unir a una cantidad específica de personas a través del ano y la boca con el objetivo de que todos los involucrados compartan un único tracto digestivo.

La primera película de 2009, nos presentó al brillante doctor alemán Josef Heiter, quien después de especializarse en separar siameses, en su retiro se obsesiona con la idea de unir criaturas vivas. Y así es como surge la idea de unir personas, simulando la forma de un ciempiés. El doctor secuestra a tres extranjeros para llevar a cabo su experimento a través de procesos quirúrgicos que pecan de profesionales. No hay más qué decir de esta cinta, sólo que rompió con la estabilidad de las audiencias y nos preparó para un cine que jugó entre varios géneros como el terror y gore.

Sin embargo, ninguna idea por más repulsiva que fuera, preparó al espectador para El ciempiés humano II de 2011. Aquí, el objetivo médico termina con Martin, un hombre visiblemente enfermo (mentalmente también) que se obsesiona con la idea de unir individuos de Josef Heiter. Él es un hombre soltero que vive con su abusiva madre, tiene el abdomen inflamado y los ojos parecen casi salirse de su órbita. Trabaja como guardia de seguridad de un estacionamiento y, por lo que se revela con la presencia de un psicólogo bisexual, fue abusado sexualmente por su padre.

El ciempiés humano juega con la genialidad de un hombre y su interés por llevar más allá el límite de la ciencia y el cuerpo humano. Sin embargo, El ciempiés humano II es más común y por eso más aterradora, pues juega con la típica imagen de un hombre extraño (que no pertenece a la sociedad, es obeso, reservado, y tiene gustos por cosas poco comunes) que es capaz de llevar a cabo sus fantasías por más perversas que estas sean. No entra, siquiera, en un perfil de psicópata, sino psicótico.

La segunda parte comienza con Martin viendo los créditos finales de El ciempiés humano, desatando una obsesión que lo lleva a secuestrar a una decena de personas para llevar más allá el experimento de Heiter: un ciempiés de 12 personas, la culminación de un proceso largo y, como la misma advertencia de la película, “médicamente posible”. Contacta a los tres actores de la primera película como si fuera un agente en busca de talento para Quentin Tarantino. La protagonista Ashlynn Yennie, interpretándose a sí misma, accede a reunirse con él en Londres, pero tan sólo se convierte en la cabeza del ciempiés…

Hay distintos tipos de películas que son filmadas en blanco y negro. Aquellas que son un tributo al pasado, las que guardan ciertas sutilezas artísticas, las de la tragedia en su punto más dramático y las de extrema violencia, aquellas que prefieren evitar el color para justificar un exceso de violencia que incomoda aunque sea desde la ficción. (Recuerden aquella escena en Kill Bill de Tarantino que pasa de colores vívidos a blanco y negro).

El ciempiés humano II fue filmada de esta forma, y aún así no escapó de la controversia y el hecho de que The British Board of Film Classification no quisiera clasificarla, apostando por cortar más de dos minutos de la película que, viéndola así, evitan un grado máximo de violencia, pero explican las acciones de Martin y hasta las “justifican”. Como mencionamos, el protagonista es un tipo cuyo pasado está marcado por el abuso, sin perder de vista el hecho de que parece tener un grado de retraso.

Este es un punto importante en la historia que llega a un escenario emocional muy alto en una escena en específico. Martin decide secuestrar a una pareja en el estacionamiento. Los ataca, como a todos, con una barra de metal al golpearlos en la cabeza y dejarlos inconscientes. Después de perpetrar el ataque, Martin se da cuenta que hay un bebé en el automóvil y no hay marcha atrás. Sin embargo, Martin toma al bebé en sus brazos y lo arrulla con cierta ternura para evitar el llanto. Este momento supone un encuentro emocional entre el protagonista y las audiencias al sentir, quizá por única vez en la película, cierta empatía y comprensión por los años de abuso que pudieron llevarlo a cometer las atrocidades.

Después de asesinar a su madre en un arranque de furia, Martin se libera y decide comenzar a unir a las personas de forma descuidada en un almacén tipo industrial, sucio y aislado. Se entiende completamente la repulsión que puede provocar ver un tipo de torture porn en blanco y negro donde con utensilios de cocina se cortan los tendones y con grapas se unen las bocas a la parte trasera de una persona, y a esto se le suma el estado mental y físico deplorable del protagonista.

Las cosas se complican cuando sirve de comer una sopa Campbell cargada de laxantes a Ashlynn Yennie. Para acelerar el proceso, la inyecta con la misma sustancia (todos los laxantes conocidos se ingieren vía oral, hasta donde sabemos) y comienza el verdadero placer de Martin. Una explosión de fluidos que se sale de control cuando una mujer embarazada se le rompe la fuente y escapa, motivando a los demás a intentar separarse y escapar Ashlynn logra hacerlo, no sin antes tomar a la mascota de Martin, un ciempiés, para introducirlo en el recto. Y nuevamente, la fantasía de unir boca con trasero da paso a un mero motivo erótico que fulmina con la introducción de un animal al recto del protagonista.

El giro de 180 grados de El ciempiés humano II de Tom Six, llega al cierre del filme cuando Martin se descubre viendo nuevamente los créditos de la primera película, un final que se interpreta de varias formas pero que parece: todo fue un sueño, una fantasía que a juzgar por la personalidad del protagonista, podría nunca llevarse, o bien, salir en un momento de quiebre como el que provocó en él su propia madre.

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