¿Por qué me interesa?
Conocer la historia de la epidemia de sarampión en 1989, es una gran lección para saber qué podemos hacer en el presente.
En las últimas semanas ha resurgido en México un miedo que parecía superado: contagiarnos de sarampión. No es para menos, ya que hasta ahora se han confirmado más de 10 mil casos, 31 defunciones y la posibilidad de que haya nuevos brotes. En este escenario, vale la pena recordar (y aprender) sobre los sucesos de 1989, año en el que el país se vio sumido en una de las peores epidemias de su historia.
Pero empecemos por el principio; según la OMS, el sarampión es una “enfermedad vírica sumamente contagiosa que se transmite por el aire”. Esta ficha descriptiva también asegura que el padecimiento puede causar síntomas graves y complicaciones de diversos tipos para toda la población, pero en particular a las infancias.

Para comprender a fondo a qué nos estamos enfrentando, es importante destacar que el sarampión es causado por un virus de la familia de los paramixovirus que provoca esencialmente infecciones en las vías respiratorias, fiebres altas y pequeñas manchas blancas en la cara interna de las mejillas.
Si bien hasta nuestros días no existe un tratamiento antiviral específico, la vacuna es segura y sumamente eficaz, tan efectiva que gracias a ella, México ha logrado erradicar la enfermedad en distintos periodos de su historia. En ese sentido, para poder superar esta crisis, debemos repasar y resignificar los errores y resiliencias del pasado.
La epidemia de sarampión 1989-1990
A finales de la década de los ochenta, México vivió una epidemia a gran escala que puso en jaque a las autoridades y a la población. La crisis fue tan grande y extensa que, según los expertos, representó un parteaguas en las políticas de salud y prevención del país. Y es que gracias a esta emergencia, se generaron protocolos y políticas de salud que siguen vigentes hasta estos días.
Aunque el origen del sarampión ha acompañado a la humanidad desde el siglo XI, en los años 70 el mundo enfrentaba una crisis sin precedentes con poco más de 2.6 millones de personas contagiadas, principalmente niños menores de cinco años. México no estaba ajeno a esta realidad y su respuesta fue muy problemática; la población no estaba informada y las instituciones de salud tenían poca capacidad para atender masivamente a los enfermos.
Por si lo anterior fuera poco, los esquemas de vacunación eran inconsistentes y la cobertura tan baja que ni siquiera era suficiente para cubrir las necesidades de todos los estados de la República. En este entorno, con una enfermedad altamente contagiosa que se transmite por el aire, la propagación fue rápida, tanto que las autoridades no tuvieron ni siquiera tiempo de reaccionar.

Fue así como en la década de los 80 nuestro país experimentó diversos brotes; los principales ocurrieron entre 1981 y 1985 y entre 1989 y 1990. En esta última oportunidad se llegaron a contar oficialmente 89,163 casos y hubo hasta 5,899 defunciones, la mayoría, niños.
Las afectaciones a la población
La preocupación más grande del momento era la evolución explosiva del sarampión; para que nos hagamos una idea, mientras en 1989 hubo 20,389 casos, en 1990 la cifra se triplicó, alcanzando poco más de 89,163 contagios, un número gigante que alertó a todos, en particular a los papás, que incluso tenían miedo de llevar a sus hijos a la escuela.
Algunos analistas sostienen que los brotes se generaron porque en los 70 el país estaba un entorno de relativa “relajación”; durante muchos años hubo pocos casos y se tenía la sensación de que la enfermedad había desaparecido, entonces los adultos dejaron de vacunar a los niños y el gobierno dejó de invertir en campañas de información y esto generó un caldo de cultivo perfecto para que el virus atacara de nuevo.

Aunque la enfermedad se expandió por todo el país, los estados más perjudicados, según la Asociación Mexicana de Vacunología, fueron: Veracruz, Oaxaca, Sinaloa y Jalisco. Por su parte, los sectores marginados del país sufrieron inmediatamente las consecuencias de la epidemia.
Si bien cualquiera podía contagiarse, los niños y adultos que padecían desnutrición y tenían difícil acceso a servicios de salud eran los más propensos no solo a contagiarse, sino a que la situación se complicara.
La campaña de vacunación más exitosa de la historia de México
Como respuesta a la grave epidemia y el aumento acelerado de los contagios, el gobierno tomó cartas en el asunto y en 1991 se organizó en todo el país una campaña de vacunación sin precedentes, tan grande e importante que en solo cuatro años se erradicó casi completamente el sarampión.
Esta operación tuvo varios pilares: elevar las coberturas en poco tiempo, brindarle a la población esquemas completos, es decir, se introdujo una segunda dosis de la triple viral para aumentar la protección por encima del 95%, y lo más importante, se le brindó apoyo directo a las comunidades para que se pudiera reducir la mortalidad infantil por enfermedades prevenibles.

Asimismo, en esta época nacieron las Semanas Nacionales de Vacunación, jornadas de diez días donde enfermeras y doctores hacían brigadas comunitarias y se asentaban en lugares públicos con afluencia masiva como escuelas, espacios de trabajo, centros de salud y hasta plazas, con el objetivo de poner la vacuna a cualquier persona, en cualquier momento.
La estrategia fue un éxito rotundo; la vacunación masiva fue clave para que se registrara en 1996 el último caso autóctono de sarampión en el país. Esta experiencia trágica nos dejó una lección que NUNCA debemos olvidar: hay que vacunarnos no solo para protegernos a nosotros, sino al país en general.

