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Con peras y manzanas: ¿cómo afecta la repartición mundial de vacunas?

La repartición de vacunas va más allá de pasaportes. No se puede concebir una estrategia efectiva de combate sin una distribución equitativa.

Por Raúl Bravo Aduna

A más de un año inmersos en la emergencia global sanitaria por covid-19, hay momentos aciagos en los que parece que poco hemos avanzado en estos 15 meses. Las imágenes y cifras que nos llegan desde la India estos días no son las de un tiempo prolongado de políticas públicas, suministro de vacunas y control de una enfermedad. Por el contrario, pareciera un brote completamente extraordinario. Desde el 21 de abril pasado, el subcontinente registra más de 300,000 nuevos casos diarios (más de 400,000 en las últimas 24 horas); tiene un sistema de salud colapsado; con crematorios y cementerios rebasados, se ha tenido que recurrir a la incineración masiva de cuerpos al aire libre. Se vive en estos momentos lo que en 2020 nos sorprendía y asustaba en los epicentros de una enfermedad que apenas estábamos por conocer realmente.

En el cruce del año pasado a 2021, pequeños dejos de esperanza se dejaban entrever frente al coronavirus. Distintas vacunas, creadas en diversos lugares del mundo, comenzaban a ser aprobadas para su distribución a la población mundial. Con ellas, se podrían ir alcanzando inmunidades de rebaño, de manera local, regional, nacional e internacional; a la postre, la inoculación generalizada podría permitir atender con más calma una enfermedad que nos había rebasado como humanidad. Sin embargo, conforme nos acercamos a la primera mitad del año, las cosas no parecen mejorar… o al menos no de forma expansiva. Entre rebrotes, nuevas cepas y accesos desiguales a las vacunas, el mundo entero está en un Mexican standoff casi que perpetuo del que no se ve una salida fácil.

¿Un “apartheid” de vacunas?

Inmediatamente que fue aprobada la mayoría de las vacunas, las economías más poderosas del mundo (y algunos de sus aliados estratégicos) comenzaron a acaparar su producción, como si fueran rollos de papel de baño. La idea es obvia: pretendían, y pretenden, inocular a la mayor cantidad de sus ciudadanos, con miras a cuidar sus vidas; por supuesto, también, para poder acelerar sus procesos de reactivación económica. Eso explica la disparidad de porcentajes de vacunados entre Israel (58.9%), Estados Unidos (30.9%), y el Reino Unido (22%), por un lado. Y países como México (5.8%), Bolivia (1.9%) y Canadá (3.0%), por el otro; asimismo, el promedio europeo que ronda el 9%. Sin olvidar a los más de 30 países en los que, a la fecha, no se ha recibido ni una sola dosis de ninguna vacuna. Estas diferencias han hecho que a este fenómeno se le considere una suerte de “apartheid de vacunas”. 


vacunas distribución mundial

Gráfica: Our World In Data

Ahora bien, la distribución desigual de biológicos no se debe enteramente al acaparamiento global. Hay países, como Japón (con un 0.8% de población completamente vacunada), en los que tradiciones culturales y falta de respuesta oportuna a las segunda y tercera olas de covid-19 no han permitido desarrollar estrategias de vacunación adecuadas, a las que se suman, sin duda, la falta de dosis necesarias para hacerlo. O el caso de India y Brasil, donde sus emergencias actuales no dejan ni tiempo ni recursos para continuar con la inoculación. De hecho, la parálisis en India ha retrasado la repartición de dosis al resto del mundo; por ejemplo, México decidió renunciar a las vacunas que le correspondían por solidaridad con el subcontinente. Si a esto sumamos las desigualdades al interior de los países, la cosa se pone peluda.

Consecuencias del acaparamiento

Uno podría pensar que “sólo” se trata del libre mercado. Quien más puede (o quien mejor sepa negociar), que más tenga. El asunto es que no estamos frente a una lista del mandado por comprar; al contrario, nos encontramos en medio de un problema  complejo que cruza diversísimos sistemas interconectados en todos sus niveles; de nuevo, la situación va desde lo local hasta lo global, pasando por regiones y países enteros. Una distribución perfecta de vacunas en Estados Unidos sirve de poco si no se extiende a México y Canadá, a Sudamérica y Europa; así, sucesivamente. Lo mismo podemos pensar en términos nacionales. La inmunidad de rebaño en Campeche se queda corta si no se extiende a Veracruz y Yucatán, a Puebla y Ciudad de México, hasta llegar a Sonora y Baja California. Si algo aprendimos en 2020 es que un mercado en Wuhan puede impactar, literalmente, el Mundo entero.

La repartición de vacunas va más allá de pasaportes. No se puede concebir una estrategia efectiva de combate a covid-19 sin una primera línea de médicos inmunizada a nivel mundial, mucho antes de pensar en poblaciones jóvenes en cada país. O soslayar a poblaciones enteras en territorios ocupados o segregados al interior de naciones. Particularmente, si terminamos de entender, de una vez por todas, que las personas vacunadas siguen siendo, aunque con menor probabilidad, agentes de transmisión de la enfermedad y susceptibles a contagio. Peor todavía, si estar inoculado o no puede traer una distinción en términos básicos de derechos humanos, tanto nacional como internacionalmente. 

Ganadores y perdedores

A finales de marzo, salió Pandenomics. Una introducción a la historia económica de las grandes pandemias (UNAM | Malpaís) de Diego Castañeda Garza, un libro que pretende contextualizar la emergencia por covid-19 a la luz de las epidemias más brutales que se han vivido en el planeta. Hay dos enseñanzas claras del texto que vale la pena traer a cuento. Por un lado, Castañeda muestra que la gran mayoría de las herramientas (confinamiento e higiene consciente) que hemos usado para enfrentar la crisis en realidad vienen desde la Edad Media e, incluso, desde la Roma antigua. Por el otro, que la historia de las pandemias es básicamente la historia de los cambios demográficos en el mundo; es decir, cómo se reestructuran social, política y económicamente los países que deben subsanar una pérdida considerable de su población en periodos relativamente cortos. En esas reconfiguraciones hay ganadores y perdedores.

Lo que es novedoso de la pandemia actual es la velocidad de la respuesta e innovación científicas a nivel mundial para el desarrollo de vacunas y tratamientos frente al coronavirus. Desafortunadamente, los avances políticos y diplomáticos no se han empatado con la ciencia. El mecanismo COVAX de la ONU ha resultado inoperante al momento y la propuesta de suspender las patentes de vacunas para acelerar los procesos de inoculación en los países más pobres del mundo no ha sido bien recibida por farmacéuticas y gobiernos. Estados Unidos renunció ya a 60 millones de dosis, pero que poco van a servir a una escala mundial. Sin voluntad política para una repartición equitativa de vacunas a nivel internacional, el desastroso caso de la India fácilmente podría verse replicado, uno a uno, en distintos focos del planeta a lo largo de los próximos meses. Al momento, no se ve salida fácil a esta crisis.





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