Con peras y manzanas: ¿A quién le creemos?

Si ni siquiera podemos saber qué información discutimos, estamos condenados, por un lado, al gritoneo perpetuo; por el otro, a la parálisis pública.

Por Raúl Bravo Aduna

Las cronologías de estos tipos de casos suelen ser muy parecidas, sino es que ridículamente idénticas. Primero, se revela algún asunto o dato de trascendencia pública nacional y se desata un escándalo. Después, alguien en alguna posición de poder —a quien afecta sus intereses— lo desmiente enérgicamente. Tercero, su rival político lo aprovecha para atacar al primero. Posteriormente, alguna institución nacional o internacional se proclama sobre el asunto. Por último, llega algún otro asunto o dato de trascendencia pública nacional y se olvida el escándalo.

Ahora bien, lo más interesante es lo que se da en el ínter de esos ciclos noticiosos. Medios de comunicación nos regalan, uno tras otro, en la mañana, a mediodía, a media tarde y por la noche, dichos de los principales actores involucrados todos los días en lo que el escándalo se apaga. Se publican, una tras otra también, columnas de opinión tratando de desenmarañar el asunto y pronosticar lo que va a suceder. Si tenemos suerte, en esos días se revive algún estudio académico hecho años antes que ayuda a poner el asunto o dato en perspectiva y contexto. Se reventaron a gritoneos en Twitter tres días seguidos. Treinta y siete mesas de análisis discuten lo que ya se dijo en esos días. Las más de las veces, se enuncia desde un sentir y paremos de contar. 

¿Y en qué acaba? Después de cascadas de tinta, bytes y pietaje, sabemos que un montón de personas dijeron un montón de cosas sobre otro montón de dichos. ¿El dato? ¿El asunto? ¿La veracidad, el contexto, las consecuencias? Quién sabe. Si tuvimos acceso a esa información, lo más probable es que quedó enterrada entre el ruido.

El negocio del ruido

Estas dinámicas no son nuevas y ni siquiera son exclusivamente mexicanas. En 2013, antes de que fueran moneda común frases como “fake news”, “datos alternativos”, “cámaras de eco”, “filtros de burbuja”, Fernando Escalante describía, en un ensayito mordaz cuanto elocuente, estas dinámicas del periodismo:

“El descuido, la incuria, la desatención llega a la redacción de los titulares de primera plana y pasan como si fuesen noticia cosas que habría descartado a la primera un estudiante de periodismo […] Puede ser estridente, escandalosa, intensamente política, beligerante hasta el insulto, insidiosa, agresivamente partidista y, a la vez, superficial, irresponsable y a fin de cuentas irrelevante. Quiero decir, irrelevante para todo, salvo el pequeño negocio del ruido: amagar, insinuar, extorsionar.”

En medio de nuestros escándalos del momento (Dios bendito la modernidad nos regala más de tres simultáneos estos días), se pueden notar claramente estos apuntes. Usemos acaso el más obvio como ejemplo.

El ciclo noticioso de la semana 

Comenzamos la semana (21 de febrero) con un bombazo: la Auditoría Superior de la Federación reveló en su informe de fiscalización de la Cuenta Pública 2019 que el costo real de la cancelación del NAIM sería de un 232% más de lo que el gobierno federal había estimado. Al mero día siguiente (22 de febrero), el presidente dijo que era una exageración y que, como de costumbre, él tenía otros datos; mejor aún, que “le gustaría que ellos aclararan todo ese dato que está mal”. Y presto, a la mañana siguiente ya teníamos la corrección de la Auditoría misma. Al comunicado de la ASF le siguió el señalamiento en público del secretario de Hacienda, Arturo Herrera, que habían sido errores básicos de contabilidad financiera.

Ahora terminamos la semana con dos días de primeras planas en las que AMLO acusa a la ASF de operar con “politiquerías”; asimismo, de intentar dañar al gobierno federal con esas malas cuentas; por supuesto, también, con la aseveración de que la Auditoría se puso solita en ridículo.

¿Y qué sabemos sobre los datos de la ASF? ¿Con qué nos quedamos de este desmadre? Si es cierto lo que dice el presidente, ¿de qué instituciones públicas nos podemos fiar? ¿Qué bemoles consideramos para desenredar tanto nudo gordiano? Más espeluznante aún, ¿de veras no hay forma de esclarecer esto más allá de nuestras propias subjetividades? ¿No hay, de veras de veras, un piso común de veracidad del que podamos partir?

El mercado de la desinformación

El siglo XXI nos ha regalado la posibilidad de tener acceso a un infinito virtual de fuentes de información. El dato se repite con frecuencia, pero es que es una locura: cada dos días se produce más o menos la misma cantidad de información que se produjo desde los inicios de las civilizaciones antiguas hasta 2003. Textos, notas, videos, tuits, tiktoks, investigación científica, divulgación del conocimiento, podcasts, programas de radio y televisión, periódicos, libros, documentales, mails, palomas mensajeras… Todos estos aludes de datos e información contribuyen a que tengamos un mercado extensísimo y expansivo para explorar. Como explican Kimiz Dalkir y Rebecca Katz en la antología Navigating Fake News, Alternative Facts, and Misinformation in a Post-Truth World, las redes que tenemos a nuestro alcance podrían ser “una plataforma eficiente de intercambio de información para bajar significativamente los costos de transacción en una sociedad”.

Pero entre tanto ruido lo más sencillo es, quizá, irnos por la información que mejor nos acomode o por la información que más sea aceptada entre grupos afines a nosotros. Si al exceso de información disponible (muy literal en las bolsas de nuestros pantalones) le agregamos la información falsa que se disemina con volición, el spin que puede darse desde tribunas públicas a lo que se dice, o la selección parcial de lo que se sabe… ¿a quién le creemos? En palabras de Justin McBrayer, “la democracia requiere que estemos de acuerdo en hechos básicos incluso si disentimos con lo que hay que hacer con ellos. La crisis de fake news ha socavado ese basamento de información compartida”.

En suma, si ni siquiera podemos saber qué es lo que discutimos, estamos condenados, por un lado, al gritoneo perpetuo; por el otro, a la parálisis pública.

Equivalencias falsas

Ricardo Raphael comienza su Periodismo urgente. Manual de investigación 3.0  haciendo referencia a un meme que ha circulado bastante en últimos años, uno que “quiere convencer sobre la posibilidad de que dos versiones contradictorias pueden cohabitar amablemente, siempre y cuando las personas que las defiendan se traten con generosidad y comprensión”: 

dichos información creemos

Pero hay un problema fundamental detrás de esa lógica: es falsa la equivalencia que quiere poner a todas las piezas de información en un mismo nivel. Lo que opinen y digan el presidente y “la oposición” está muy bien —y habrá a quien genuinamente le interese saber qué sienten—, pero no son sustitutos de la información a la que, como sociedad, deberíamos tener acceso, para contrastar, contextualizar, decidir. En palabras también de Raphael, “una enfermedad compleja de nuestra época es el relativismo que quiere considerar como equivalentes piezas de información que no lo son”.

El escepticismo y los puntos de acuerdo son fundamentales en una democracia. Ni se diga en un ecosistema de medios sano. Pero sin un basamento sólido de información, en oposición a un griterío de dichos y pasiones, no nos queda más que creerle a quien haga más ruido o a quien genere el ruido que más se parezca a lo que yo, de entrada, ya creo.

Madre santa, entre tanto enredo, ¿a quién le creemos?

 

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