Con peras y manzanas: El cerebro de un jugador de futbol americano

Encefalopatía Traumática Crónica, ETC. En inglés, CTE: Chronic traumatic encefalopathy. Una enfermedad que la NFL ha tratado de esconder durante muchos años, por la que ha tenido que pagar millones de dólares a jugadores en retiro y familiares. Una enfermedad que han contraído al menos 90 jugadores profesionales, y que ha estado directamente vinculada con sus muertes.

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Pero, ¿qué es y cómo se descubrió?

Para los que vieron Concussion, una película de 2015 protagonizada por Will Smith, el término resultará familiar. En la película Smith encarna a Bennett Omalu, un patólogo forense (aquel que determina la causa de muerte de una persona) en la ciudad de Pittsburgh. A mediados de septiembre de 2002 le toca analizar el cuerpo de Mike Webster, un legendario centro de los Steelers que había muerto de un paro cardiaco a los 50 años. Lo del ataque al corazón parecía normal: alguien que había jugado por 16 años como profesional más otros tres a nivel colegial debía tener problemas físicos.

Lo que Omalu no entendía, era lo que se decía de Webster: se daba de toques con una máquina eléctrica para poder dormir. Se arreglaba los dientes con el equivalente de Kola Loka. Se le olvidaba comer.

Algo estaba mal.

Después de pedirle permiso a la familia de Webster, Omalu analizó a fondo el cerebro del jugador durante meses. Al rebanarlo descubrió algo: depósitos de una proteína llamada tau, que se encuentra en pacientes que sufren de Alzheimer o demencia. Los depósitos de la proteína le tapaban las conexiones del cerebro a Webster. Sus neuronas no hacían conexión.

Webster fue el primero de casi un centenar de casos diagnosticados por distintos doctores. Los jugadores presentaban los mismos síntomas: conducta errática y violenta, depresión y tendencias suicidas. Algunas leyendas del deporte como Junior Seau fueron casos claros: Seau, quien sospechaba que tenía ETC, se disparó en el pecho en 2012. No dejó ninguna nota, pero sí las letras de una canción, Who I Ain’t, o “Quien no soy”, que habla sobre una persona que se convierte en alguien que no quiere ser.

Al analizar el cerebro de Seau, el Instituto Nacional de Desórdenes Neurológicos de Estados Unidos descubrió la misma proteína en el mismo lugar del cerebro que Webster.

¿Cómo se diagnostica?

El gran problema de la ETC, dice el CTE Center de la Universidad de Boston, un centro especializado que abrió en 2008 para lidiar exclusivamente con esta enfermedad, es que sólo se puede diagnosticar correctamente una vez que la persona ha muerto. Cuando la persona vive, existen varias señales, pero ninguna es concluyente. Como sucedió con Webster y Seau, los dolores de cabeza pueden ser intolerables. Aquel que tenga la enfermedad se siente en un estado permanente de estupor. De hecho, antes de llamarse oficialmente ETC, en Estados Unidos se le conocía a la enfermedad como pugilist’s brain, o “cerebro de boxeador”. Al recibir tantos golpes, los boxeadores terminaban en un mareo perpetuo, arrastrando las palabras y con pérdida de memoria, así como con problemas de motricidad.

Y, en efecto, existe un vínculo entre el “cerebro de boxeador” y la ETC: en ambos casos, según los especialistas, la degeneración del cerebro se da por golpes repetidos a la cabeza. Los jugadores de americano, aunque utilizan cascos, no pueden amortiguar los golpes. ¿Por qué? Por dos motivos.

El primero es que el cuerpo humano no está hecho para recibir golpes como los del futbol americano, en especial los choques de cabeza contra cabeza –que ahora ya están prohibidos–. El cerebro “flota” en algo llamado líquido cefalorraquídeo, o LCR. No es como si estuviera en una pecera, pero el efecto es similar. Entonces, cuando recibe un golpe, el cerebro rebota. Como una bola de billar contra las bandas de una mesa.

El otro motivo es que los cascos que utilizan los jugadores, a pesar de ser los más modernos posibles, no son iguales a nivel profesional. La NFL, máxima liga de futbol americano, no cuenta con lineamientos obligatorios para la seguridad del casco. Cuenta con estándares mínimos, que se deben cumplir, pero esos, según la Academia Estadounidense de Neurología (AAN en inglés), no son suficientes. Según un estudio publicado en 2014, ninguna de las 10 marcas más populares de cascos sirven para evitar el daño por un golpe a la cabeza. “Todas son terribles”, dijo el Dr. Francis X. Condy cuando presentó el estudio.

¿Qué se ha hecho para mejorar la seguridad de los jugadores?

No lo suficiente, según los especialistas. Aunque desde 2010 están prohibidos los golpes de cabeza contra cabeza, la NFL sigue sin analizar el problema a fondo. Han emitido protocolos para revisar a jugadores con conmociones cerebrales durante un partido y que regresen al campo.

Pero siguen sin admitir que jugar futbol americano genera el problema. ¿Y por qué lo harían? Es de las partes más atractivas de un deporte que le genera ganancias de más de 13 mil millones de dólares al año, o el equivalente a todo el presupuesto de educación en México para 2017.

En una de las denuncias más grandes en la historia del deporte, siete jugadores demandaron a la liga por “tener conocimiento de los riesgos asociados a lesiones cerebrales repetidas […] que deliberada y fraudulentamente le escondieron a los jugadores”.

Después de dos años, jugadores y liga llegaron a un acuerdo: la NFL daría 765 millones de dólares para ayudar a jugadores retirados con síntomas de la enfermedad, pero por ningún motivo admitiría algún tipo de culpa.

¿Cuál es el futuro del futbol americano?

A nivel infantil, algunas escuelas están prohibiendo que los alumnos jueguen futbol americano, o que lo hacen, sea sin tacklearse. A nivel profesional, cada vez más jugadores lo abandonan de menor edad. Quizás el caso más notorio sea el de Chris Borland, quien se retiró en 2014 después de un año en la NFL. “Sólo quiero hacer lo que es mejor para mi salud”, dijo tras su primera y última temporada con los 49ers.

Pero siguen siendo pocos. El dinero y la fama son demasiado. Es lo que le sucedió a Seau: estrella de los Chargers, Dolphins y Patriots, el linebacker gastó todo lo que había ganado al poco tiempo de retirarse. Terminó solo y deprimido, y sin poder entender por qué su cerebro ya no funcionaba como antes.

Esteban Illades

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