Describir una película sin decir si es “buena” o “mala”, siempre tendrá sus desventajas frente a la subjetividad, y peor aún, frente a lo viciado que llega el espectador al estreno de después de meses de información. ¿La ovacionaron en el festival en turno, qué dicen las primeras reacciones, el tráiler se ve emocionante, qué ha dicho el o la protagonista sobre los retos de interpretar a dicho personaje?

Una película que cayó en este círculo fue Joker, cinta dirigida por Todd Phillips y protagonizada por Joaquin Phoenix. Todo en esta producción estaba destinado a dar de qué hablar. Primero está el Guasón por sí mismo, uno de los personajes más conocidos dentro del mundo de los cómics y uno de los villanos más vistos en la pantalla grande y chica. Finalmente, es la némesis de Batman, un icono de la cultura popular que se revela al público más humano que cualquiera, y es el Joker quien muestra su lado más vulnerable.

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La presentación de Joker a lo largo de los años, desde su creación en 1940 por Bill Finger, Bob Kane y Jerry Robinson, lo ha mostrado como un criminal con un perfil psicológico más complejo de lo que parece. Uno de los Joker más conocidos fue interpretado por Heath Ledger en The Dark Knight de Nolan, y lo conocemos como un psicópata absoluto. Dibujado de distintas maneras a lo largo del tiempo, el Guasón siempre se ha mantenido en una línea que rompe con la distinción del bien y del mal, del crimen, la violencia, y la locura en la extensión más simple de la palabra (un sujeto que se viste de payaso). Esto nos lleva a la pregunta: ¿Era realmente necesaria la historia del origen de un psicópata? Y más allá de eso, ¿un psicópata tiene un origen? Acaso un punto de quiebre, y Joker nos revela cuál es…

En segundo lugar está Joaquin Phoenix, quien motivó a muchos a pensar en el desarrollo psicológico del protagonista a partir de los papeles que ha elegido a lo largo de su carrera: cargas emocionales intensas como en Gladiador, tipos confundidos por el “progreso” de la sociedad como en Her, personajes alejados de lo convencional de una sociedad o con trastornos mentales como en The Master o You Were Never Really Here, sin olvidar a Johnny Cash en Walk the Line, el cual se cuenta muy aparte.

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Tercer lugar: Todd Phillips. ¿Qué hace el director de una comedia como The Hangover en una adaptación de superhéroes que apela a la psicología de su personaje? Joker no es una adaptación más de un cómic con tintes de comedia como lo ha estado haciendo el universo cinematográfico de Marvel. Nada de eso. Parece que sólo retoma, como un pretexto, el nombre de un personaje conocido para presentar un entorno que se apega mucho a la realidad actual.

El objetivo de este texto, como mencionamos al principio, no es pensar en Joker como una buena o mala película, sino definir los detalles por los cuales vale la pena verla sin importar qué se ha dicho de ella. Y esto es más importante porque los espectadores no sólo estuvieron esperando una película que ya estaba “vendida”, sino porque también nos hemos de enfrentar a las interpretaciones tempranas y superficiales, a lo que debe ser políticamente correcto en el mundo del cine y la responsabilidad de los creadores de enviar un mensaje específico. Joker ha sido todo eso, y podría desvirtuar su calidad, pero también elevar su narrativa a un punto que quizá no llegue.

Empezamos con el desarrollo del protagonista. Arthur Fleck es un sujeto que vive con su madre en una zona decadente de ciudad Gótica. Trabaja como payaso, pero apenas si es suficiente en una época de crisis marcada por el desempleo, la delincuencia y las consecuencias de la desesperación en un contexto social inestable. Arthur sufre de diversos trastornos mentales, es un personaje trágico cuya vida se cuenta en momentos que fueron alimentando el desequilibrio mental. 

Joker cae en la obviedad con esto. El mensaje de que tiene un trastorno mental es tan constante y tan repetitivo, Phillips peca tanto hasta con el uso de las palabras “mental illness”, que parece que la historia se obliga a sí misma. Es decir, después de todo lo que atraviesa Arthur Fleck, después de lo vivido, parecía un proceso “lógico” que se quebrara. De este modo, asesinar, violentar a otras personas, es una respuesta a la indiferencia de la sociedad. ¿Acaso esto es cierto? Si lo es, estamos perdidos…

Imagen de Phoenix como The Joker en ‘Joker’. / Instagram de Todd Phillips.

Ya sabíamos que se convierte en Joker, el punto era saber cómo, y el proceso es muy obvio por ser repetitivo, por saturarse de los mismos recursos como la risa. Si no supiéramos que es el Joker y tiene una historia con Batman, habríamos pensado que el proceso del personaje sería aún más severo que la exaltación de Arthur como un asesino. Sin embargo, debía ser de una forma no sólo porque la historia es así, sino porque se debía justificar la clasificación R del filme.

De ninguna manera esto quiere decir que Joker no sea un buen filme. Visualmente, sin propuestas nuevas, acierta en cada uno de sus puntos, desde la fotografía hasta la ambientación. Basta asomarse al Nueva York decadente de los 80 para pensar en la ciudad Gótica de Joker, lo cual acentúa la condición del protagonista, la cual es llevada por Phoenix de formas impresionantes. 

Arthur Fleck es una persona que incomoda, y esa molestia logra sentirse a través de la pantalla. Su interpretación es tan fuerte, que quien ve la película logra incomodarse. Fleck se ve y se siente mal, y estamos esperando el momento en que ocurra algo grave a partir de sus acciones y no en el contexto en el que no encaja como sucede.

En nuestra realidad, no existe una cultura alrededor de los trastornos mentales empezando porque no hablamos de ello… Poco a poco se han desechado los tabúes alrededor de una enfermedad mental, cualquiera que esta sea, pero es un proceso lento. Sin herir susceptibilidades, la realidad es que no sabemos cómo tratar, cómo comportarnos frente a una persona que padece un trastorno mental grave. Y por ende, si la otra persona es consciente de ello, tampoco sabe hacerlo… ambos se encuentran a la expectativa de que algo incómodo ocurra, tensando el ambiente.

Así sucede con Arthur Fleck y el mundo que lo rodea, un mundo que no lo entiende ni lo quiere comprender, un mundo que le ha fallado, lo ha abandonado y lo enferma. Joker no sólo es una historia de “orígenes”, es una declaración contra el sistema, contra las autoridades que han olvidado a una parte de la población que le resulta incómoda. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia. Se notan la intenciones de mostrar la decadencia de la sociedad en un ambiente hostil del que no hay salida (porque parece que el sistema se esfuerza en que los pobres se eliminen entre sí, en que los desempleados se peleen a muerte por un trabajo miserable, en que las personas con trastornos mentales quiebren). 

Si hay algo muy atinado en Joker y en el desarrollo del personaje, es que muestran cómo se señalan culpables. Esta situación es casi exacta a lo que se vive actualmente en Estados Unidos con la violencia por armas de fuego. Las personas que se encuentran en el poder, niegan que la venta y compra de armas sea la responsable directa de la enorme cantidad de tiroteos a lo largo del país. Es más fácil para ellos señalar directamente al tirador (esto no significa que se exima de su responsabilidad), y algún otra cosa como, irónicamente, los trastornos mentales (como si estos no vinieran de algún otro lugar). 

Dicen que los videojuegos y películas con altos grados de violencia, películas como Joker, son culpables de los tiroteos y no de la vulnerabilidad de los miembros de una sociedad fracturada que se está matando a sí misma. Así se señala a Fleck ya convertido en Joker, como responsable de un punto de quiebre social que era inminente, que era cuestión de tiempo para que se llevara a cabo…

Al final, sin estar muy de acuerdo, Fleck y Joker se presentan como héroes existenciales incapaces de crear vínculos directos con otras personas, ni siquiera de lástima. Uno es el resultado de otro, el resultado de la búsqueda de un sueño que evoluciona conforme su conflicto interior incrementa: ser comediante, ir a un programa, liberarse. Su existencia se percibe a partir de que descubre en la violencia la notoriedad, y es el entorno “perfecto” para él, todo se sirve en bandeja de plata para justificar lo que es en lo que se convierte. Lo dijimos antes: todo lo que hace es una respuesta a la sociedad que lo rechaza, pero no sirve como justificación, de ninguna manera. 

Es imposible no crear empatía con un personaje como el de Arthur Fleck. Es un sujeto incómodo, pero sumamente trágico. El escenario es consecuente a lo que “necesita” para convertirse en Jokerincluso uno de los detalles claves de la cinta es así: la risa. Sin revelar mucho, Fleck sufre de un síndrome poco conocido en el que la risa actúa de forma contraria a su función adaptativa (en un nivel social y emocional). ¿Arthur Fleck, un sujeto que se viste como payaso para sobrevivir, que sufre depresión, que se siente miserable, que siempre está en problemas, debía sufrir precisamente de esto?

Tal vez pudieron prescindir de muchos detalles pero Joker, para ser justos, no deja de ser sorprendente. Sabemos lo que sucede al final, el proceso es repetitivo, nos satura de tragedias, pero no deja de de sorprender a quien la ve sin esperar salir del cine pensando que alguien más (algún crítico, el aplauso de un público) “tenía razón”.