Godzilla es una de las figuras más icónicas de la cultura japonesa en Occidente. Este kaiju fue creado hace 65 años con la forma de un lagarto gigante y radioactivo que despide fuego de su hocico y aterroriza a los pobladores. Pero en realidad, Godzilla es una una metáfora de lo que sucedió con la sociedad japonesa después de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki en 1945, sin mencionar la ocupación de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. 

Godzilla ha sido, después de 74 años de los ataques nucleares, una forma de aferrarse a su cultura, una imagen que trasciende a través del tiempo y que ha logrado lo que su idioma y costumbres no: impregnarse en la cultura de Occidente, aquella que “venció” a Japón a través de la muerte, la incertidumbre y el dolor. 

Imagen de la primera película de Godzilla, estrenada en 1954
Getty Images

Sin embargo, el enorme lagarto no es lo único que los japoneses crearon para superar una tragedia. En sus historias, narradas a lo largo de terrenos destruidos, encontraron personajes y momentos que si bien desde acá los hemos visto como una forma de entretenimiento, entre ellos ha representado un triunfo que se les fue negado con un idioma y un rechazo a sus tradiciones. 

Y así es como llegamos al filme animado titulado La tumba de las luciérnagas de 1988. Esta cinta, una de las primeras producciones de Studio Ghibli, fue dirigida por Takahata (responsable también de El cuento de la princesa Kaguya) y está basada en el cuento de Akiyuki Nosaka que retoma muchas de sus vivencias como un huérfano de la ciudad de Kōbe, la cual sufrió varios ataques y bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. 

La tumba de las luciérnagas nos presentó a Setsuko y Seita, dos hermanos que deben sobrevivir a los horrores de la guerra. Después de perder a su familia durante un bombardeo, los hermanos emprenden un viaje de búsqueda (de esperanza) que se caracteriza por la forma en que Seita carga a su hermana: lo hace en la espalda. 

La tumba de las luciérnagas es una de las películas más aclamadas dentro de la animación japonesa que nunca pretendió presentar los horrores de la guerra por sí mismos, sino de mostrar la voluntad de las generaciones jóvenes, así como el espíritu de lucha de aquellos que sobrevivieron para contarlo. Seita cargando a su hermana es una de las imágenes más conocidas del filme, pero esconde una historia detrás asociada a la realidad de un niño, su hermano menor y los eventos posteriores a Hiroshima y Nagasaki.

Joe O’Donnell, un sargento de la marina de 23 años, fue enviado a Japón para recopilar testimonios de las consecuencias de los bombardeos en Hiroshima y Nagasaki, así como ciudades similares a Kōbe. Estuvo siete meses viajando a lo largo del país donde encontró una escuela en ruinas y un salón lleno de cadáveres de niños quemados, sentados en sus lugares. 

Sin embargo, una de las más populares fue la de un niño de 10 años, aproximadamente, que cargaba a su hermano en la espalda como Seita y Setsuko en el filme animado. Sin embargo, la realidad siempre ha superado a la ficción, y este niño de Nagasaki estaba llevando el cadáver de su hermanito a un crematorio. 

Imagen acreditada a Joe O’Connell.

En una supuesta entrevista, Joe O’Donnell dijo que era usual ver a niños cargando a sus hermanos, muchos de ellos huérfanos tras las cientos de muertes registradas en cada una de las ciudades. Pero este niño era distinto. “No traía zapatos. Su cara estaba seria. La cabeza del bebé estaba echada hacia atrás como si estuviera dormido. El niño se quedó parado por cinco o 10 minutos”. 

Luego, unos hombres se acercaron a él y removieron el cuerpo del bebé de su espalda. “Fue cuando me di cuenta que el bebé estaba muerto. Los hombres sostuvieron el cuerpo y lo pusieron en el fuego. El niño se quedó mirando las llamas sin moverse. Mordía su labio inferior tan fuerte, que ya no fluía sangre… El niño se dio la vuelta y se fue”.